Mujeres, democracia y nuestro rol en la transformación social

Mujeres, democracia y nuestro rol en la transformación social

Ilustración por Camila Valencia.

En Chile, las personas permanecen en estado de justa rebeldía y resistencia. Hace dos meses nos movilizamos sin callarnos por una vida digna y alcanzar transformaciones sistémicas a partir de las herencias de la dictadura que nos han llevado a este punto de declarar insostenibles las desigualdades, violencia y descomposición social.

Si bien el llamado «estallido social» no se debe a causas nuevas ni manifestaciones inesperadas, solo debemos recordar las movilizaciones estudiantiles en las últimas dos décadas, lo «nuevo» corresponde a un movimiento social transversal, no capturado por partidos ni líderes políticos y que cada día sale a las calles y toma los espacios materiales y no materiales (principalmente en redes sociales) a exigir demandas legítimas frente a los oídos sordos del gobierno.

Protestas callejeras, marchas, intervenciones artísticas, conversatorios, seminarios, cabildos abiertos ciudadanos y durante los últimos días, la consulta municipal ciudadana, donde la gran mayoría de la ciudadanía manifestó mediante su voto, la necesidad de una nueva Constitución Política democrática, con paridad de género, participación de los pueblos indígenas y representantes independientes de la sociedad civil, dan cuenta del llamado «despertar» de la sociedad chilena.

Estos dos meses de movilización nos han permitido re significar y apropiarnos de mecanismos organizativos e ideas propios de nuestra clase oprimida, como el trabajo territorial, la autogestión, el activismo político local y promover la consolidación de comunidad y redes de apoyo. Las instituciones que progresivamente se han desconectado de nuestra realidad social y no son capaces de responder a nuestras necesidades, sumado a la completa deslegitimación de la policía, han generado una desconfianza hacia arriba y, al mismo tiempo, mayor confianza en la horizontalidad, entre nosotras y nosotros.

¿Qué ocurre en el caso de las mujeres?

Distanciamiento y acercamiento. Históricamente hemos sido condicionadas a competir entre nosotras, distanciándonos bajo las premisas del libre mercado y la falsa promesa de la movilidad social basada en el individualismo. Si bien el movimiento feminista, sobre todo en las organizaciones territoriales de resistencia, lleva muchísimo tiempo trabajando, creando e interviniendo en los territorios especialmente marginados y les debemos a ellas las construcciones epistemológicas, teórico-conceptuales y las prácticas de activismo feminista, desde el 18 de octubre muchas mujeres (algunas, por primera vez) han comenzado a organizarse y participar en diversas instancias de movilización social, y este fenómeno abre una gran ventana de oportunidad para sistematizar este nuevo acercamiento en una agenda feminista clara y explícita que tenga la fuerza necesaria para ser incluida en los procesos de transformación con gran protagonismo, por ejemplo, en una nueva Constitución Política.

La consciencia feminista existe y se extiende día a día.

También esta lucha feminista se dirige a alcanzar una verdadera democracia ciudadana, que reemplace a la democracia electoral de baja intensidad durante estos treinta años. Una democracia no será legitima sin el piso mínimo de la participación paritaria de mujeres tanto en el proceso constituyente como en la institucionalidad resultante.

Como Club de Té, hemos realizado tres cabildos abiertos de mujeres, discutiendo diversos temas en base al estado del debate ciudadano en cada momento de la movilización. Estamos muy agradecidas con todas las mujeres que participaron con tanta motivación y propuestas, también sentimos orgullo por mantenernos movilizadas sistemáticamente y poder hacer nuestros propios cabildos, de modo que motivamos a que todas puedan realizar sus propias instancias de participación de mujeres en su barrio, colegio, universidad o colectivo.

Las lecturas del fenómeno que estamos viviendo fueron transitando desde nuestros sentimientos frente al estallido social, la presencia de militares en las calles (y la inconstitucionalidad del estado de emergencia constitucional) y los primeros casos de personas heridas, desaparecidas, mutiladas y asesinadas; para luego pasar sobre cómo pensar la autogestión como forma de movilización social, la continua violación a los derechos humanos y, a partir de la programación del plebiscito en abril y el impacto internacional del colectivo feminista chileno LasTesis.

El patriarcado es un juez

que nos juzga por nacer

y nuestro castigo

es la violencia que no ves

LasTesis – «Un violador en tu camino»

Cuando nacemos, inmediatamente aparece la base del primer muro de nuestra vida que es ser biológicamente mujeres, para luego ir sumando ladrillo tras ladrillo, con un muro cada vez más alto y grueso. Se suma la raza, etnia, la clase, luego la identidad de género y los roles impuestos por el patriarcado, sumado a la violencia cisheterosexual, el territorio, la geografía. En la interseccionalidad está la clave para comprender nuestra opresión, lucha y la solidaridad con otras mujeres.

Este muro, más grande para unas que para otras, también puede verse como una escalera, añadiendo un peldaño con cada nueva opresión que se intersecta con la otra.

La sombra siniestra que cubre la ciudad y el miedo constante que sentí durante cada día y cada noche de la semana que allí estuve me acompañan hasta hoy. Allí se muestra la relación directa que existe entre capital y muerte, entre acumulación y concentración desreguladas y el sacrificio de mujeres pobres, morenas, mestizas, devoradas por la hendija donde se articulan economía monetaria y economía simbólica, control de recursos y poder de muerte.


Rita Segato (2013).  La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. Página 11. 

A la violencia y opresión estructural que padecemos desde nuestro nacimiento, en las que el Estado es actor perpetrador, garante y cómplice se suma el terrorismo de Estado, ese que sólo conocíamos por los libros de historia, la historia oral y testimonios de nuestras ancestras, quienes lucharon por sobrevivir, por recuperar la democracia y obtener verdad y justicia.

La lucha de nuestras ancestras es la primera formación, que se transforma en la primera arma para romper este muro o escalera de este gran sistema de control biopolítico y psicopolítico (pido disculpas por hacer referencia a corpus teóricos de filósofos, Michel Foucault y Byung-chul Han, respectivamente) llamado patriarcado.

Esta arma se robustece con nuestro aprendizaje y experiencia a través de la vida, ese que se consolida a medida que incorporamos, interpretamos e intercambiamos entre nosotras teorías, enfoques, conceptos y epistemologías o saberes, que vienen usualmente del centro, intelectuales femeninas que, aunque claves para entender los feminismos, pertenecen a un lugar situado de pensamiento muy diferente a quienes vivimos en las periferias.

Gracias a la ampliación del acceso a la educación como nuestro derecho y también del acceso a las tecnologías de la información y la comunicación, podemos acceder y problematizar otros saberes, esos que vienen desde nuestra propia región y en otras regiones periféricas, en las universidades, fuera de ellas, en las comunidades indígenas, en las organizaciones territoriales feministas.

Lo cierto es que la capacidad de «entrar» a estos saberes, tanto locales como internacionales y, sobre todo, comprenderlos, para luego adaptarlos, reinterpretarlos y llevarlos a la práctica es un proceso consciente de largo aliento donde cruza la variable del privilegio, el cual nos hemos estado cuestionando en estos últimos dos meses. ¿Por qué tener una formación feminista debería ser un privilegio? Lamentablemente, lo es.

Es nuestra responsabilidad, junto con problematizar nuestra propia arquitectura epistemológica y teórica adquirida de las corrientes feministas que nos representan, generar puentes y diálogos con los saberes no academicistas, elitistas, higienizados, blancos y doctrinarios que la mayoría de las veces se apoderan del debate.

Obviamente, existen tantos debates como mecanismos para materializar la ruptura del sistema de dominación patriarcal, pero hoy tenemos el primer desafío que es una nueva Constitución Política y un nuevo pacto social democrático, donde el feminismo tenga un rol fundamental.

Si bien la autonomía de nuestro movimiento es condición necesaria para evitar la captura de las elites políticas de nuestras luchas, el riesgo recae en que, de no saber manejar esa autonomía, ésta nos debilite y nos divida, impidiéndonos para enfrentarnos juntas a este sistema en descomposición en nuestro país, pero no por ello condenado a muerte.

Debemos aprovechar esta ventana de oportunidad y que no se nos acabe el tiempo de fisura sistémica para articular nuestras diversidades.

El proceso constituyente y, como resultado, la nueva Constitución, en su existencia como proceso, es de largo aliento y es un punto clave para seguir avanzando, no un fin en sí mismo. Una nueva Constitución es necesariamente una «buena» Constitución. Mientras tengamos un sistema legislativo machista y de mayoría masculina, y no participemos directamente en el proceso, la nueva constitución seguirá siendo patriarcal, promotora y reproductora de violencia hacia las mujeres.

De allí que debemos garantizar aquellos «irrenunciables» para lograr una justicia de género, como: 1) paridad de género; 2) verdad y justicia; 3) derechos humanos; 4) derechos sexuales y reproductivos; 5) plurinacionalidad.

En este caso no basta con implementar un mecanismo de cuotas en la competencia, como ocurre con las elecciones parlamentarias en Chile que fue diseñado para un avance gradual de la participación política de las mujeres. Hoy necesitamos que nuestra presencia diversa esté garantizada, porque somos más del 50% de la población y nadie nos va a representar mejor que nosotras mismas. Nuestra experiencia nos dice que la única forma de asegurar que los temas que nos preocupan y nos afectan sean parte del diseño del país que queremos es con una #ConstituciónConMujeres.

Declaración Comunidad Mujer del 28 de noviembre de 2019.

De acuerdo a ONU Mujeres, las experiencias constitucionales comparadas indican la importancia de prohibir la discriminación por género, dar garantías de igualdad y la representatividad de las mujeres en la administración pública. Esto es parte de la obligación de los Estados que ratificaron la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW), así como las Resolución 1325 sobre “Mujer, Paz y Seguridad”, la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia Contra la Mujer de 1994 (también conocida como Convención Belem do Pará) y los resultados de la 4º Conferencia Mundial sobre las Mujeres, realizada en Beijing en 1995, pues integrar los derechos de la mujeres en la Constitución es la base para erradicar nuestra discriminación, aunque no estamos completamente de acuerdo con que pueda por sí mismo erradicar y qué ocurre con la opresión patriarcal.

Las Constituciones, así como todas las instituciones y prácticas socio-políticas, en tanto hacen jurídicamente válidas las relaciones de poder asimétricas (poder-dominación-subordinación), traen como elemento subyacente los roles de género que se asignan a las personas, subordinando y dominando a las mujeres. Las mujeres tienen un rol fundamental para las consolidación de democracias participativas, sustentables y de alta intensidad.

Pese a que nuestra carta fundamental actual reconoce la igualdad entre mujeres y hombres, sumado a que es ilegítima por haber sido creada e implementada en dictadura, en la práctica esta supuesta igualdad no está garantizada, al contrario, cada vez es más patente que las mujeres seguimos siendo ignoradas por nuestros representantes. Cabe destacar que las convenciones sobre igualdad y los derechos de las mujeres como derechos humanos responden a un orden liberal, androcéntrico, eurocéntrico, heterosexista y, por supuesto, patriarcal en su totalidad, de modo que éstas deben evolucionar en el tiempo conforme a las nuevas realidades, ampliando los marcos conceptuales y normativos para visibilizarnos como parte del derecho internacional.

La jerarquización del Servicio Nacional de la Mujer a Ministerio de la Mujer y Equidad de Género podría haber sido un buen avance, pero desde el estallido social el 18 de octubre, la Ministra Isabel Plá, quien debería velar por el respeto y protección de nuestros derechos, se ha mantenido en silencio, excepto para manifestarse a favor de personal policial femenino, negando la violencia sistémica a la cual nos vemos sometidas y las violaciones a nuestros derechos humanos, extensamente documentadas en informes de organismos internacionales. La débil e insuficiente institucionalidad existente para las mujeres, personalizada en la Ministra Plá demuestra que siempre están del lado del patriarcado, reproduciendo sus prácticas dominadoras, en complicidad con los hombres y el aparato estatal que los protege.

El Informe sobre la misión a Chile de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH).  Este reitera y suma a las conclusiones entregadas por Amnistía Internacional, Human Rights Watch y la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Es nuestro propio aparato estatal, expresado en autoridades civiles y militares/policiales que cometen violaciones a nuestros derechos humanos desde el inicio de las manifestaciones. Se documentan tanto en estos informes, como en los reportes diarios del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) y en los cientos de registros audiovisuales publicados en redes sociales por la propia ciudadanía, Carabineros de Chile y los militares (en el periodo de estado de emergencia), ha ejercido específicamente violaciones a los derechos de las mujeres, registrándose detenciones, desapariciones, violaciones y/o abusos sexuales, tortura, mutilaciones y maltratos.

La Comisión expresa su alarma por el elevado número de denuncias de abuso sexual en el contexto de las detenciones. Conforme la información recibida, se habrían llevado a cabo violaciones y abusos sexuales a personas detenidas, desnudamientos forzados, sentadillas, amenazas de violación y otras formas de maltrato sexual. La SACROI recibió información sobre abusos sexuales y tocamientos a niños, niñas y adolescentes. Según esta información, en algunos casos se habría golpeado reiteradamente en la zona genital con un bastón de servicio de Carabineros a niños, niñas y adolescentes, además de ser posteriormente obligados a desnudarse en la comisaría.

Informe del CIDH

Es la responsabilidad del Estado de Chile garantizar la protección de los derechos de las mujeres y niñas, pero no ha fallado, cada día más. Somos torturadas, tratadas cruel, degradante e inhumanamente, desaparecidas, abusadas sexualmente, asesinadas por este mismo Estado, el que tampoco se hace cargo de los feminicidios, donde las mujeres muertas «aparecen así» según la prensa, suman un número más a la cifra oficial anual, sin ninguna justicia ni castigo.

Es femicidio.
Impunidad para mi asesino.
Es la desaparición.
Es la violación.

Las Tesis – Un violador en tu camino

En este sentido, Chile no está cumpliendo con los principios, normas y protocolos internacionales a los cuales adhiere.

La intención de las fuerzas de seguridad chilenas es clara: lesionar a quienes se manifiestan para desincentivar la protesta, incluso llegando al extremo de usar la tortura y violencia sexual en contra de manifestantes. En vez de tomar medidas encaminadas a frenar la gravísima crisis de derechos humanos, las autoridades bajo el mando del presidente Sebastián Piñera han sostenido su política de castigo durante más de un mes, generando que más personas se sumen al abrumador número de víctimas que sigue aumentando hasta el día de hoy.

Erika Guevara Rosas, Directora para las Américas de Amnistía Internacional.

En este sentido, tomamos los aportes de Rita Segato en su vasta obra sobre violencia política, violencia de género y colonialidad, donde reflexiona sobre las especificidades de este tipo de violencia en los conflictos no convencionales (llamadas también «nuevas guerras»), como espectáculo de poder que muestra el mensaje de esta agresión bélica sexualizada a mujeres y a niñes, expresándose de la forma más cruda y cruel en la impunidad hacia los «cuerpos tutelados» (Segato, 2014: 61 y 63).

Como plantea Rita Segato, la violación es un crimen social, un castigo a la mujer por su «desobediencia» y la afirmación de la «superioridad» y «potencia masculina»…la culpa es tuya, por donde estabas y como vestías. 

Tal como señala el informe de la ACNUDH:

La ACNUDH ha recopilado información sobre 24 casos de violencia sexual contra mujeres (14), hombres (6), niñas adolescentes (3) y un adolescente en el contexto de las protestas. La violencia sexual reportada a la ACNUDH incluyó violación, amenazas de violación, tratamiento degradante (como ser forzado a desnudarse), comentarios homofóbicos o misóginos, golpes o actos que causan dolor en los genitales y manoseos. Algunos de este tipo de tratamiento puede constituir tortura o tratos o penas crueles, inhumanas o degradantes.

Las mujeres se vieron afectadas por todas las modalidades de las violaciones a los derechos humanos, sin embargo, estuvieron más expuestas a la violencia sexual. Según el Ministerio Público, de las 2.141 personas que han presentado denuncias relacionadas con violaciones a los derechos humanos, 525 son mujeres (25%). De las 8.812 detenciones registradas por el INDH, éste registró a 1.300 mujeres y a 180 niñas detenidas (alrededor del 17%). Además, la ACNUDH recibió relatos de insultos y lenguaje sexista por parte de Carabineros y del Ejército contra las mujeres. Estos actos contribuyen a la perpetuación de la violencia de género contra las mujeres.

Informe sobre la misión a Chile de la ACNUDH. Páginas 18 y 26.

Por eso las manifestaciones de mujeres incomodan, violentan, son objetos de burla, porque cualquier expresión política es considerada inferior, no digna de pertenecer al debate de alta política dominado por los hombres. Vemos paneles de hombres en programas de televisión analizando nuestras movilizaciones, por la performance de LasTesis, preguntando y exigiendo que incluyamos a hombres cis, ridiculizándonos como en el último cabildo cuando, estando en plena discusión dentro del café un conductor de un camión nos gritó «el violador eres tú» con un tono de mofa y riéndose. ¿Cómo pueden reírse y minimizar de que día a día somos abusadas, violadas y asesinadas?

El sistema patriarcal somete, demoniza, anula.

Así como las mujeres en nuestra historia han luchado durante toda su vida, nos movilizamos desde mucho antes del 18 de octubre. Desde las tomas y movilizaciones feministas de las estudiantes el año pasado, que se han extendido hasta hoy, las mujeres vienen denunciando los abusos y violencia por parte de profesores, compañeros, aparados por las instituciones educativas, exponiéndose ante el mundo relatando sus experiencias de abuso por parte de familiares, vecinos, amigos. Las mujeres somos obligadas a llevar a la esfera pública y al sometimiento, nuevamente, del escrutinio público, nuestros traumas y heridas, para que se nos re victimice al no creernos y cuestionarnos.

También sucede al testimoniar ante las organizaciones de derechos humanos y las instituciones de justicia chilenas los abusos y tratos degradantes por parte de Carabineros de Chile ante las detenciones y violencia perpetrada en las calles durante las manifestaciones.

«Algo andaban haciendo», «también hay Carabineros heridos», «no creo que sea para tanto».

Contribuyen para que los crímenes contra las mujeres continúen no siendo percibidos por la opinión pública como ocurrencias plenas de la esfera pública por derecho propio, pues todos los tipos de crímenes contra las mujeres se encuentran contaminados, en el imaginario colectivo, por la atmósfera del espacio de intimidad, es decir, la domesticidad nuclearizada privatizada propia de los tiempos modernos.

De esta forma, cuando los miembros de una corporación armada, sea ésta formada por agentes estatales actuando de manera para-estatal, o una corporación armada para-militar o milicia, agreden sexualmente por medio de violación y abusos el cuerpo de una mujer que han detenido o secuestrado, se puede decir que “sexualizan” ese sujeto, es decir, lo empujan y capturan en la esfera de su intimidad y despolitizan la agresión, lo reducen al campo de las relaciones de estatus desiguales propio del patrón de género y lo alejan de la posibilidad de una justicia plenamente pública.

Rita Segato (2014). Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres. Páginas 70 y 71.

Por eso exigimos que, para una nueva Constitución o cualquier reforma en nuestro sistema, no solo justicia de género, concretamente justicia feminista. Debemos seguir visibilizando las violaciones de los derechos humanos de las mujeres en nuestro país para que todos los crímenes de violencia sexual contra las mujeres no queden impunes, tanto por agentes del Estado como en casos de femicidios.

No queremos más muertes y violaciones a nuestros derechos a costa de un proceso constituyente que hasta el momento nos sigue viendo como una cuota. Más que nunca es necesario mantenernos en la resistencia, constructiva, creadora.

Ser parte de este proceso transformativo no es un favor, es una deuda histórica, un deber ético y justicia feminista. Debemos estar alertas, seguir movilizándonos, denunciando, reuniéndonos en cabildos y otras formas de discusión, publicando, producir culturalmente, practicar lo «autogestionario». Necesitamos un cambio de subjetividad, esa transformación por la cual durante décadas las feministas que nos precedieron y siguen hoy, han luchado, una reconstrucción de lo colectivo, lo comunitario, las sensibilidades y la crítica, con lucidez y rebeldía.

No será fácil ni inmediato, pero es el momento crucial para que las feministas participemos en el centro de la recomposición social desde sus raíces. No hay vuelta atrás

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