Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia

Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia

Ilustración por Camila Mendoza y texto por Constanza Jorquera.

El 22 de diciembre de 2015, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la resolución A / RES / 70/212, declarando el 11 de febrero como Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, con el objetivo de lograr el acceso pleno y equitativo y la participación en la ciencia para las mujeres y las niñas, y lograr aún más la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres y las niñas; que forma parte de la agenda de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

A lo largo de la historia, se nos ha dividido en nuestras funciones en la sociedad de acuerdo a nuestro sexo y los roles de género que se nos han atribuido. Los hombres debían ocupar el ámbito público, junto con el conocimiento, la racionalidad, la ciencia, la tecnología y la secularidad. Por el contrario, las mujeres debían ocupar el ámbito privado, junto con la naturaleza, la vida doméstica, la familia, la tradición, la sexualidad y la religión.

Quienes producían el conocimiento siempre fueron hombres y establecían qué era lo aceptable y lo que no. En la llamada «modernidad», todo el pensamiento humano tenía como objetivo el progreso intelectual y tecnológico, cuyo objetivo final era la dominación del hombre sobre la naturaleza, siendo las mujeres sistemáticamente excluidas y privadas de esta búsqueda de conocimiento, pues no hay que olvidar que el conocimiento siempre es para alguien y con un objetivo, el poder.

Es en la división sexual y emocional del trabajo, donde la «ciencia» calificaba la mente, la razón y la objetividad como masculinos y corazón (y cuerpo), el sentimiento y la subjetividad como femeninos, donde subyace nuestra exclusión histórica del esfuerzo científico.

Durante siglos hemos vivido con la conciencia (consciente o inconsciente) de profundas contradicciones entre nuestros ideales culturales de «mujer» y de «ciencia». Hoy estas contradicciones todavía están profundamente arraigadas en la conciencia individual y colectiva, pero ya no se limitan al dominio del conocimiento emocional e intuitivo implícito. Se han hecho explícitos y se han incorporado al dominio del discurso académico, formalmente disponibles para el análisis y la crítica.

Evelyn Fox Keller (1987). Women Scientists and Feminist Critics of Science.
Daedalus, 116 (4): 77-91. Página 78. Traducción propia.

De acuerdo al Instituto de Estadísticas de la UNESCO, menos del 30% de los investigadores del mundo son mujeres. Este porcentaje es especialmente preocupante en las carreras en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM), donde las mujeres alcanzan solo el 35% de la matrícula, publican menos, se les paga menos por sus investigaciones y enfrentan diversos obstáculos para ascender en posiciones laborales, a diferencia de sus colegas hombres.

Las mujeres representan la mayor fuerza económica del mundo, sin embargo, la brecha de género en la ciencia persiste, en mayor grado que en otras profesiones, particularmente en campos de alto nivel, intensivos en matemáticas como la informática y la ingeniería. ¿Por qué todavía hay tan pocas mujeres en la ciencia y cómo podría afectar eso lo que aprendemos de la investigación científica? ¿Realmente somos tan pocas?

Ilustración por Misha Perret

Lo cierto es que las mujeres y las niñas siguen estando subrepresentadas sistemáticamente de la producción de conocimiento, ya sea en las llamadas «ciencias exactas o duras» y en las ciencias sociales. Sumado a que el porcentaje de mujeres dedicadas a las ciencias aún es muy bajo a nivel global, existen muchísimas mujeres altamente calificadas y cuyos aportes al conocimiento son muy significativos, pero poco sabemos sobre ellas.

Garantizar el acceso pleno y equitativo, la participación de las mujeres en la ciencia, la visibilidad de sus investigaciones y docencia, y compartir experiencias en forma de redes resulta primordial para avanzar en esta problemática.

Si bien las mujeres han logrado por sí mismas y con muchísimos obstáculos crear un espacio, investigar y organizarse, lo cual ataca directamente las «reglas» institucionales con marcado sesgo machista y prácticas violentas de acoso y discriminación, no significa que las estructuras de la producción de conocimiento hayan cambiado. La desigualdad académica es perpetuada por una cultura machista que castiga a las mujeres en las áreas más sensibles, como el financiamiento a proyectos de investigación, cargos directivos, contratación de académicas planta, becas y fondos.

Si bien muchos creen que los avances logrados en las últimas décadas han abierto las múltiples disciplinas, especialmente las STEM, a las mujeres y otros grupos subrepresentados, poco ha cambiado en la cultura de la práctica científica, donde permanece una visión hegemónica y androcéntrica de qué es lo científico y quién puede hacer ciencia. Por lo tanto, un sentido de pertenencia todavía tiene un gran efecto sobre si las mujeres entrarán y permanecerán en estos campos, pues desde la infancia recibimos «señales sociales» de que hacer ciencia es demasiado difícil y que prácticamente «está bien no saber ciencia si eres mujer»

Muchas fuerzas culturales continúan interponiéndose en el camino, desde niñas somos dirigidas hacia otras profesiones desde una edad temprana y los prejuicios, machismo y acoso sexual en el lugar de trabajo hasta la presión en las mujeres para no tener hijos porque «arruinarán sus carreras», genera un entorno muy hostil para nuestro desarrollo personal y profesional.

¿Cuántas de nosotras soñamos con ser astronautas, paleontólogas, médicas, artistas, presidentas y solo se quedó en ilusiones infantiles? La falta de modelos a seguir y el estímulo para las mujeres continúa como un obstáculo importante para el éxito, porque nos sentimos solas y no representadas en experiencias de otras mujeres con nuestros sueños, pues los supuestos normativos de género y las jerarquías del conocimiento son una expresión más del problema estructural de la desigualdad.

Tener referentes de mujeres en múltiples campos del conocimiento es altamente relevante y vemos más frecuentemente iniciativas y reportajes sobre «mujeres destacadas». Sin embargo, al ser la ciencia un espacio muy privilegiado y excluyente en cuanto a ubicación geográfica, clase y estrato socioeconómico, raza y etnia, y otras heteronormas, las mujeres que admiramos y las más reconocidas son aquellas que pertenecen a las elites, que estudiaron y se desempeñan en las mejores universidades del mundo en Estados Unidos y Europa.

¿Cómo voy a ser astronauta si la NASA se encuentra en Estados Unidos? ¿Cómo voy a estudiar medicina si debo tener un puntaje altísimo en la PSU y excelentes notas de enseñanza media para lograr ingresar a una buena universidad? ¿Cómo voy a dedicarme a mejorar mi desempeño académico si vivo en un entorno de violencia, precariedad, abandono y vulnerabilidad? ¿Cómo puedo ser tan egoísta de aspirar tan alto si debo apoyar económicamente a mi familia?

Ilustración por Pintados a Mano

La realidad es que existen menos postulaciones de mujeres a concursos académicos ya sea para docencia, investigación y programas de postgrado, menos profesoras en las universidades, menos publicaciones donde la autora principal es mujer, menores salarios, dificultad para avanzar en la carrera académica a la misma velocidad que los hombres, usualmente debido al embarazo y la crianza, visto como un «obstaculizador» para el tiempo de dedicación necesaria para docencia e investigación.

Estas diferencias son el resultado de prácticas discriminatorias endémicas que muchas veces desalientan a las mujeres a postular a concursos, becas y puestos de trabajo. En varias investigaciones se evidencian diferencias claramente disciplinarias en la participación y el éxito de la financiación de las mujeres en el campo de investigación, pero un problema persistente es la baja presencia de mujeres en posiciones de liderazgo, pues tienden a quedarse atrapadas en niveles más bajos trabajando en los laboratorios o ejerciendo la docencia e investigación en temáticas que no forman parte de las líneas formativas centrales.

En síntesis, un techo de cristal que todo el mundo ve, que es protegido y custodiado, pese a los grandes esfuerzos de las mujeres a lo largo de la historia.

Entre los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el promedio del Producto Interno Bruto (PIB) destinado a Investigación y Desarrollo o I+D es del 2,38%, mientras que Chile suma solamente el 0,37% del producto.

En nuestro país, el sector privado financia el 40% del gasto en I+D, principalmente proveniente de empresas pertenecientes al sector minero y financiero, según la División de Innovación del Ministerio de Economía. Sin embargo, el gasto aún es muy bajo en comparación a países industrializados que se encuentran a la vanguardia en esta área como Corea, Japón e Israel.

Para el presupuesto de 2020, 721.687 millones de pesos serán dedicados a Ciencia, Tecnología e Innovación (CIT), 27.389 millones más que el presupuesto del año pasado, pero en total menor al presupuesto de 2017, según lo reportado por la Oficina de Presupuesto del Congreso Nacional y diversas entidades gubernamentales, académicas y del mundo privado han debatido sobre los reales recursos que se destinan a CIT y cuál es su impacto, compartiendo el diagnóstico de que esta esfera no es prioridad para los tomadores de decisiones.

Nuestro país ha asumido compromisos a nivel internacional respecto del abordaje efectivo para erradicar todas las formas de discriminación contra la mujer y la prevención, sanción y erradicación de la violencia de género (CEDAW, Belém do Pará). No obstante, a pesar de los avances en distintos ámbitos, en Chile las ciencias, las humanidades y las artes, siguen siendo en su mayoría, espacios discriminadores y hostiles para las mujeres que deciden dedicar su vida al conocimiento, la creación y el desarrollo del país.

Las investigadoras en Chile nos enfrentamos a la segregación vertical y horizontal en los espacios educativos y de investigación, esto sin duda, tiene efectos sobre nuestra formación, productividad y acceso a intercambios académicos tales como seminarios y congresos. Los tiempos de la investigación son masculinos: el tiempo de cuidado que cargamos las mujeres no es considerado en los procesos de selección y evaluación en los distintos instrumentos de promoción del capital humano avanzado. El sistema tampoco favorece a las mujeres para que podamos ausentarnos por largos periodo de tiempo en instancias de intercambio y perfeccionamiento. Estas barreras existen a lo largo de toda nuestra trayectoria.

Red de Investigadoras. Declaración Pública: Hoja de Ruta para una política de género Ministerio CTCI

Queremos destacar la iniciativa de la Red de Investigadoras, quienes han iniciado el #MesdeInvestigadoras entre el 11 de febrero y el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, con el objetivo de promover una política de género para el Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación que sea transversal e interseccional.

La Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica de Chile (CONICYT), hoy la Agencia Nacional de Investigación (ANID), estableció la primera Política Institucional de Equidad de Género en Ciencia y Tecnología en 2013 y hoy se encuentra en vigencia la del periodo 2017-2025, con el objetivo de transformar las barreras, brechas e inequidades de género en ciencia y tecnología mediante diagnósticos, planes de acción, monitoreo y seguimiento, marco organizacional, difusión y sensibilización.

Allí se establecen los ejes rectores de la política, siendo la equidad, igualdad y transversalización de género, y se entregan cifras muy relevantes al momento de diagnosticar la situación de las mujeres en la academia y en la producción de conocimiento.

Ilustración por Misha Perret

A pesar de la creciente demanda de estadísticas comparables a nivel nacional sobre las mujeres en la ciencia, los datos nacionales y su uso en la formulación de políticas a menudo siguen siendo limitados.

Para el año 2016, las mujeres representaron el 53% de las matrículas del primer año a nivel de programas de pregrado en las universidades, mientras que en postgrado fue del 49%. Del total de académicos en universidades chilenas con grado de Doctor, el 31% corresponde a mujeres. Entre 2001 y 2015, CONICYT adjudicó aproximadamente el 40% de las becas de Doctorado Nacional a mujeres (de las áreas de Ingeniería y Tecnología, el 21% del total de becados fueron mujeres) y solo el 27% de los proyectos FONDECYT Regulares fueron adjudicados a mujeres.

Es posible afirmar que, aún cuando más mujeres ingresan a la educación superior en carreras de pregrado y se titulan antes y en mayor porcentaje, sigue existiendo una importante brecha de género que comienza a aumentar (como tendencia general) conforme se avanza en la carrera de investigación.

Una de las barreras relevantes que se observa es el “sexismo” presente en el sistema educativo chileno, tanto a nivel escolar como de pregrado, postgrado e investigación, donde una visión tradicional de la ciencia, tiende a asociarla más al mundo de lo de lo masculino, lo que se ha llamado la visión androcéntrica de la ciencia.

CONICYT. Política Institucional de Equidad de Género en Ciencia y Tecnología 2017-2025.

En la «celebración» del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, realizada por el Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, creado en julio de 2018 y que empezó a funcionar oficialmente en octubre de 2019, se señaló que del total de estudiantes con título universitario en carreras de ciencias, 20% corresponde a mujeres y 17% en el caso de ingeniería, mientras que el 30% del campo de investigación está integrado por mujeres, sólo 5 mujeres ejercen el cargo de rectoras en el país y el 14% del total de Directores y Coordinadores de Programas de Doctorados de las áreas STEM son mujeres.

La generación de conocimiento y la formación de capital humano avanzado son asuntos estrictamente políticos. La mayoría de los fondos de investigación se asignan a través de subvenciones gubernamentales y los centros de investigación y laboratorios se encuentran en universidades que luchan por obtener los recursos necesarios para su labor. Es imperativo que responsabilicemos a quienes toman las decisiones de que asignen adecuadamente los fondos a las áreas de investigación que afectan a las mujeres, así como la contratación y financiamiento docente a mujeres para que desde la etapa formativa, las y los estudiantes se enfrenten a perspectivas críticas e innovadoras, fuera de los cánones tradicionales masculinos.

Ilustración por Shine like a Cat

La ciencia y la tecnología mejoraron la vida de las mujeres y las familias en los últimos dos siglos y, por lo mismo, debemos tener más presencia en todos los ámbitos de la sociedad, no solo en los laboratorios y las universidades. Hacer ciencia y producir conocimiento con perspectiva feminista es una forma de modificar las dinámicas y normas que invisibilizan a las mujeres en el campo científico.

El avance científico y tecnológico siempre ha dependido del reconocimiento de una necesidad., de buscar respuestas a aquello que desconocemos y nos parece problemático de la realidad. Poner las necesidades de las mujeres desde la interseccionalidad en el centro del quehacer científico y en la toma de decisiones a nivel gubernamental beneficiará a todas las personas.

Cada vez más se debate y aparecen nuevos hallazgos que enfatizan la importancia de las mujeres en la investigación y cómo ello nos ayuda, por ejemplo, a tener mejores diagnósticos y tratamientos médicos, diseñar políticas públicas adecuadas, enfrentar el cambio climático y dotar de más recursos a las investigadoras.

Esto atraerá a más mujeres a la ciencia, porque si hay más mujeres, el conocimiento se amplía, se vuelve relevante para todas las personas, nos hacemos nuevas preguntas y buscamos formas alternativas a las estandarizadas para encontrar respuestas, pues pese a que las ciencias buscan la objetividad, lo cierto es que tiene que ver mucho con quién está realizando la investigación. Uno de los lemas feministas en las décadas de 1970 y 1980 decía «La objetividad es la subjetividad masculina».

Mantengamos en la agenda feminista y la agenda pública en general la necesidad de mantener debates críticos sobre las oportunidades y barreras que enfrentan las mujeres profesionales en la investigación científica. Las redes promueven espacios dinámicos de diálogo interdisciplinario, interinstitucional e intergeneracional entre las investigadoras, pues las mujeres tienen un rol clave en las discusiones sobre los determinantes y las consecuencias de los problemas críticos de desarrollo, así como en el diseño de políticas públicas destinadas a abordarlos.

Otro desafío muy importante es generar nuevas oportunidades para involucrar a jóvenes profesionales y estudiantes en hacer que el campo de la investigación en las ciencias sea más equitativo e inclusivo. Es parte de la responsabilidad de las comunidades de ciencia y educación, y las mujeres que pertenecemos a ellas, ampliar las visiones sobre lo que las mujeres pueden lograr.

Las mujeres podemos abordar la ciencia de manera diferente a los hombres para determinar los medios para atraer a las mujeres más jóvenes a la ciencia. Para aumentar el número de científicas feministas, necesitamos más mujeres en la ciencia.

Un gran paso hacia la creación de una ciencia más feminista es seguir problematizando quién participa en la ciencia, ya sea investigando o financiando, evaluando críticamente la interseccionalidad y la posición de quién busca, interpreta y publica «nuevo conocimiento» es central para obtener una ciencia más representativa.

Agradecemos a Camila Mendoza, Carolina Henríquez de Pintados a Mano, Carolina Velásquez de Shine like a Cat y Misha Perret por sus maravillosas ilustraciones.

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